
Nos vemos en el espejo durante el arreglo de la mañana y ahí nos hacemos cargo del avance implacable de nuestras arrugas, entonces nos proponemos no fruncir tanto el ceño o al menos no fruncirlo sólo de un lado para que los setenta años no nos alcancen con la expresión torcida.
Pero después nos echamos al día y nuestro gesto lo recibe defendiéndose como mejor sabe.
Para poder ser quienes somos olvidamos el sueño de quienes quisimos ser y para que el sueño no se muera por completo…
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